Japan Studio ya no está aquí, pero sus tambores siguen resonando y Ratatan sigue “sonando” a leyenda.
Hay juegos que se disfrutan. Otros se recuerdan. Y luego están esos casos extraños que consiguen activar una parte del cerebro que creías olvidada. Una melodía, un efecto de sonido o una simple animación bastan para transportarte años atrás. Ratatan pertenece a esa última categoría. No porque viva obsesionado con el pasado, sino porque entiende perfectamente por qué seguimos recordando a Patapon.

Durante años, la sombra de Patapon ha sido una de las más alargadas en la historia de PlayStation. Aquella mezcla imposible de estrategia, ritmo y personalidad visual parecía tan ligada a su tiempo que resultaba difícil imaginar un heredero espiritual capaz de recoger el testigo sin quedarse en una mera copia. Sin embargo, Ratatan no intenta reemplazar aquel recuerdo. Lo abraza, lo celebra y, cuando puede, le añade algunas ideas propias.
Desde los primeros minutos resulta imposible no sentir cierta nostalgia. Los diseños coloridos, las animaciones exageradas y, sobre todo, la importancia del ritmo convierten cada partida en un viaje directo a la época de PSP. Pero sería injusto reducir la propuesta a un simple ejercicio de memoria. Bajo esa apariencia familiar se esconde una experiencia con personalidad suficiente para caminar por su cuenta.

Tras 20 años, sigue funcionando.
La base jugable sigue siendo tremendamente atractiva. Avanzar al compás de la música, coordinar ataques y mantener el ritmo mientras la pantalla se convierte en un auténtico caos de efectos sigue generando una sensación única. Pocos juegos consiguen que la música y el ritmo dejen de ser acompañamiento para convertirse en el núcleo de toda la experiencia. En Ratatan, cada pulsación importa.
Lo más interesante es que esa combinación continúa funcionando igual de bien que hace casi dos décadas. De hecho, en algunos aspectos resulta incluso más accesible. Las mecánicas son fáciles de comprender, pero esconden suficiente profundidad como para exigir atención constante. Cuando todo encaja, aparece esa sensación tan característica de entrar en estado de “simbiosis” con el juego. El jugador deja de pensar y simplemente actúa al ritmo del tambor.

Mucho roguelite para algunos.
El componente roguelite aporta una capa adicional de imprevisibilidad. Cada partida presenta variaciones que obligan a adaptarse sobre la marcha. Esta decisión tiene sentido dentro de una industria que ha cambiado mucho desde los tiempos de Patapon. Las estructuras más rejugables dominan actualmente el mercado de los videojuegos y Ratatan busca encajar dentro de esa tendencia sin renunciar a su identidad. Aquí esta parte roguelite llega en forma de cartas. Cada encuentro que ganemos durante la “run”, nos brindará la oportunidad de añadir una carta a nuestro ejercito. Estas cartas modifican habilidades, las potencia o las mejora. Tendremos cartas de diferentes tipo de: daño, fuego, agua, hielo, veneno… Con lo que cada partida que empecemos es una aventura totalmente distinta.
Sin embargo, también es aquí donde aparecen algunas dudas. Parte del encanto de los clásicos residía en una progresión muy concreta. Había una sensación de aventura, de avance constante y de descubrimiento que formaba parte esencial de la experiencia. El enfoque roguelite ofrece variedad, pero en ocasiones sacrifica parte de ese sentimiento. No es necesariamente peor. Es simplemente diferente.
Una parte destacable es el crafteo y mejora de las armas de nuestro ejercito, esto hace que la parte roguelite no sean tan tediosa, aunque no termina de verse compensado. La sensación de verdadera evolución y avance llega tras 4 o 5 horas, algo que para muchos jugadores puede resultar frustrante.

“Japonesada” de las buenas.
Visualmente, el juego entra por los ojos desde el primer instante. El estilo artístico conserva ese equilibrio tan complicado entre sencillez y carisma. Los personajes parecen juguetes musicales cobrando vida. Los enemigos poseen diseños reconocibles y el conjunto mantiene una claridad visual notable incluso cuando la pantalla está llena de unidades, proyectiles y efectos.
La música, como era de esperar, se lleva gran parte del protagonismo. No solo porque acompañe la acción, sino porque define el ritmo de todo lo que sucede. Cada composición transmite energía y convierte los enfrentamientos en pequeñas actuaciones musicales. Da igual si la partida va bien o mal. Siempre existe esa sensación de estar participando en una extraña fiesta tribal digital.

Digno sucesor de Patapon.
También conviene destacar un aspecto que muchos sucesores espirituales suelen olvidar. Capturar una estética es relativamente sencillo. Capturar una sensación es muchísimo más complicado. Ratatan entiende que el recuerdo de Patapon no estaba únicamente en sus mecánicas. También residía en su capacidad para arrancar una sonrisa constante. Esa mezcla de absurdo, encanto y creatividad vuelve a estar presente.
Aun así, no todo resulta perfecto. Algunas decisiones orientadas a la rejugabilidad pueden generar la impresión de que ciertos elementos avanzan más despacio de lo deseable. El sistema roguelite se hace pesado y lento… estoy seguro de que más de fan de Patapon no tendrá paciencia para esta reimaginación.

Para los demas jugadores que busquen una réplica exacta de la fórmula clásica quizá necesiten un periodo de adaptación. El juego se inspira claramente en el pasado, pero no pretende vivir exclusivamente de él. Y quizá esa sea precisamente su mayor virtud.
En una época donde la nostalgia se utiliza demasiado a menudo como simple herramienta comercial, Ratatan demuestra que mirar atrás no siempre significa quedarse atrapado allí. El juego reconoce sus raíces, las exhibe con orgullo y construye algo nuevo sobre ellas. No rompe con el legado de Patapon, pero tampoco se limita a copiarlo.

CONCLUSIÓN
Jugar a Ratatan se parece a abrir una vieja caja olvidada en un armario. Encuentras objetos que creías perdidos, sonríes al recordar quién eras cuando los utilizabas y descubres que todavía conservan parte de su magia. No es exactamente el mismo sentimiento. Tampoco debería serlo. Los años pasan para todos, incluidos los videojuegos.
Lo importante es que, cuando los tambores empiezan a sonar y las criaturas avanzan al ritmo de la música, durante unos instantes vuelve aquella sensación que muchos creíamos enterrada. Y eso, en una industria obsesionada con perseguir la próxima gran tendencia, tiene un valor enorme. Ratatan no intenta recuperar el pasado. Simplemente nos recuerda por qué lo echábamos tanto de menos.
Ratatan
34.99€Pros
- El ritmo sigue siendo brillante
- Una identidad visual con muchísimo carisma
- La nostalgia está muy bien entendida
- El componente roguelite aporta rejugabilidad
Cons
- Pierde parte del sentido de aventura clásica
- Algunas partidas pueden sentirse demasiado caóticas
- La profundidad tarda en aparecer y se hace repetitivo
- La comparación con Patapon es inevitable
- El componente roguelite/recompensa tarda en ser gratificante.


