A Motorslice vine a luchar contra máquinas de construcción y me quedé por su escalada y acrobacias de las de antes.

El segundo juego de Regular Studio sigue la estela de las plataformas de su primer proyecto pero desde una perspectiva menos colorida y más seria. Motor Slice utiliza el minimalismo y pese a parecer un trabajo pobre, realza una atmósfera melancólica que te hace querer llegar hasta el final a base de saltos y cortes de motosierra.

Postapocalipsis, ruinas de una ciudad olvidada y maquinaria de obra pesada dominando el paisaje. Eso es a lo que se enfrenta “P”, miembro de una corporación encargada de limpiar el mundo de maquinaria industrial hostil. Lo que parecía otra operación rutinaria pronto se convierte en algo distinto al descubrir una enorme estructura mecánica que gobierna toda la zona. Como videojuego no es nada novedoso: una fase con un jefe final. Para “P” es un comportamiento extraño digno de investigar.

No vine aquí a Pelear.

La acompaña un dron defectuoso, más útil por compañía que por eficiencia, y una gigantesca motosierra con forma de espada. Todo muy NieR: Automata en apariencia, aunque la inspiración dura poco en cuanto empezamos a jugar.

Los enemigos no tienen personalidad ni conciencia, se mueven como lo que son: excavadoras, apisonadoras y ¿pulpos mecánicos que lanzan sierras? eso es menos común, la verdad. El combate también rompe rápido las expectativas. No hay combos imposibles ni profundidad hack and slash. Prácticamente todo gira alrededor de un único botón con el que atacamos y bloqueamos. Y sorprendentemente funciona porque la lucha no es el centro del juego, sólo son un obstáculo más para subir.

El Parkour como lenguaje.

Nuestro destino está arriba, atravesando estructuras derruidas mediante un parkour muy heredero de la saga de Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo. Saltos medidos, barras para balancearse, paredes que recorrer y cornisas a las que agarrarse buscando el siguiente punto seguro. Y precisamente por recordar a aquella época también arrastra algunos de sus problemas. El movimiento es rígido, algo tosco y muy comprometido con la primera decisión que tomamos. Cuando pulsamos un botón, el juego interpreta que vamos hasta el final con ello. Si calculamos mal, acabamos cayendo al vacío.

Al principio resulta frustrante, pero hay algo curioso en cómo termina funcionando. El control no mejora: somos nosotros quienes acabamos adaptándonos a él. La memoria muscular hace el resto y poco a poco empezamos a leer los escenarios y movernos con naturalidad. También a morir muchísimo menos.

La motosierra que llevamos a la espalda participa más de este plataformeo que de arma. Sólo a los enemigos más pequeños los cortamos de un tajo. Con los más grandes buscamos determinadas secciones y clavamos la motosierra para desplazarnos con ella creando un tajo enorme en la chapa hasta que la máquina se convierte en arena (sí, en arena). El parkour mezclado con esta suerte de movimiento abrelatas es la base para derrotar a los jefes. Grandes mecanismos a los que nos tenemos que aproximar para estudiarlos y realizar la acometida. Como si de un coloso se tratara hay que escalarlos y encontrar estos puntos débiles mientras intentan aplastarnos. 

Brutalmente brutalista.

Con estos esquemas se van sucediendo los capítulos hasta un total de nueve donde se desarrollan nuevas trampas y maneras de morir, que sucede a menudo. Puede ser parte por el tosco control y porque no tenemos barra de vida. En una mala caída, un golpe y “P” muere despedazada (de forma demasiado gore, estilo atropello Carmageddon). Por suerte los checkpoint están bien pensados y revivimos rápidamente para volver a intentar salvar el día. Motorslice tiene al jugador enganchado superando pruebas y matando máquinas que seguramente construyeron Megaestructuras Nazis

A pesar de tener un camino muy marcado, los espacios brutalistas que ofrece el videojuego permiten una pequeña exploración de sus posibilidades. Unos gráficos low poly y texturas pixeladas crean grandes espacios abiertos e interiores laberínticos muy propios de los espacios liminares. Lugares inquietantes que invitan a recorrerlos sorteando todas la trampas y creando combos de parkour para llegar hasta el final.

Las secciones son tan grandes que permite la exploración para encontrar caminos alternativos para recuperar drones para la corporación. Se encuentran y se tienen que llevar a unos lugares especiales sin morir por el camino. Aquí se encuentran los verdaderos desafíos de Motorslice. No hay más recompensa que salvar otra bolita voladora al igual que las estrellas más escondidas de cualquier Mario.

Conclusiones.

Cuesta vender como bueno un juego que vive tan en el pasado como Motorslice, pero si se le da una oportunidad nuestra memoria hará el resto. Lo que hace recuerda a lo mejor de los inicios del 2000. La base del juego está en un desplazamiento acrobático primitivo. Cada nueva trampa o diseño de niveles realza esa pureza a priori superada, para crear combos de movimientos que desafían al jugador. Los desafíos de los Drones aportan un nivel de dificulta extra. Tal vez parte de esa nostalgia también trae un control poco fino, pero su simpleza en el número de botones que utiliza hace que nos adaptemos enseguida. Por pedir MotorSlice necesitaría un poco de profundidad en el combate, que es casi anecdótica en comparación con el parkour. Es una suerte poderlo probar desde Game Pass.

Motorslice

17,99 €
7.6

7.6/10

Pros

  • El diseño de los niveles.
  • A pesar de los conrtoles no se nota como injusto.
  • El desafío de recuperar Drones

Cons

  • Los controles son muy toscos.
  • El combate es anecdótico.
  • No hay necesidad de Sexualizar a "P" y aún así hay momentos incómodos

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